Llevo años parándome frente a puertas en el mundo, y no me arrepiento de ninguna
- Monserrat Buale

- 6 jul
- 3 min de lectura

Por Monserrat Buale · Fundadora de Moon Design
Hay una foto que tengo guardada en el teléfono desde hace tres años. Es una puerta azul en París, número 266 de una calle que no recuerdo bien pero que encontraría con los ojos cerrados. Azul de esos que no tienen nombre exacto — entre el cobalto y el petróleo — con molduras talladas, herraje en bronce y una enredadera que le crece al lado como si la hubieran plantado ahí a propósito. Me quedé parada frente a ella unos cinco minutos. La gente me miraba raro.
No era la primera vez que me pasaba. No va a ser la última.
Soy arquitecta. Se supone que debería mirar los edificios completos, los volúmenes, las proporciones. Y lo hago. Pero hay algo en las puertas que me detiene de una manera distinta. Quizás porque la puerta es el único elemento de la arquitectura que tiene una función completamente emocional: no sostiene nada, no protege del frío mejor que una pared, no define un espacio. Solo dice: aquí empieza algo. Aquí alguien decidió que el mundo de afuera y el mundo de adentro se separan con esto.
Eso es mucho peso para una hoja de madera. Y las mejores puertas del mundo lo saben.
La puerta es el único elemento de la arquitectura que tiene una función completamente emocional. Solo dice: aquí empieza algo.
París
París tiene las puertas más estudiadas del planeta. No porque sean las más espectaculares — hay ciudades con más drama — sino porque cada una parece haber sido pensada hasta el último milímetro. El color elegido con criterio. Las molduras con escala. El herraje con intención. Los parisinos llevan siglos viviendo con la idea de que la fachada es un acto de respeto hacia el vecino, hacia el paseante, hacia la calle misma. Y se nota.
La puerta verde sage que encontré cerca del Sena me dejó sin palabras. Verde como hoja de olivo en otoño. Con un arco en la parte superior y detalles rococó que en cualquier otro contexto serían demasiado — pero en París son exactamente lo correcto. Saqué la foto. La usé como referencia de color en dos proyectos distintos

Taormina, Sicilia
Pero la puerta que más me ha afectado en la vida la encontré de noche, en Taormina, Sicilia.
Roja. Un rojo que no pide permiso. Arco de piedra volcánica, rejería de hierro en la parte superior, el número 10 en una plaquita discreta como si no quisiera llamar la atención. Y yo, que por casualidad llevaba una falda roja esa noche, me tuve que parar ahí. No había forma de no hacerlo.
Hay algo en el sur de Italia que entiende el color de una manera que el norte de Europa nunca va a entender del todo. No le temen. Lo usan como lo que es: una declaración. Una afirmación. Un yo estoy aquí y me importa que se note.
Madrid · Nueva York · Chicago
Madrid tiene puertas que huelen a historia. Las del barrio de La Latina o Malasaña, desgastadas, con el barniz que ya no es lo que era pero con ese carácter que solo da el tiempo. Nueva York tiene sus brownstones con puertas de madera oscura y escalinata de entrada que siempre me hacen pensar en Edith Wharton. Chicago tiene puertas de edificios de principios del siglo XX que son lecciones de composición: proporciones perfectas, materiales nobles, ningún detalle que sobre.


En cada ciudad busco lo mismo. No sé exactamente qué es hasta que lo encuentro. Pero cuando lo encuentro, me paro.
· · ·
Cuando me preguntan de dónde salen mis ideas para los proyectos, siempre digo lo mismo: de mirar. De parar. De no tener prisa delante de algo que vale la pena.
Las puertas me enseñaron eso antes que cualquier libro de diseño. Me enseñaron que la primera impresión de un espacio se decide con un color, con una proporción, con un material. Que el detalle no es un lujo — es lo que separa algo ordinario de algo que se recuerda. Que diseñar bien es siempre, siempre, un acto de respeto hacia quien va a habitarlo o a cruzarlo..
¿La próxima vez que viajes? Baja el ritmo una cuadra. Mira las puertas. Te prometo que hay por lo menos una que vale cinco minutos de tu vida parada en la acera.
Espero que este invierno tengas al menos un viaje pendiente, aunque sea chico. Y que cuando llegues, lo primero que hagas sea levantar los ojos de Google Maps y mirar la puerta que tienes adelante.
Besos, Mon 🌙
PD: Si también fotografías puertas cuando viajas, me mandas las fotos. La estaré esperando.



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